
Apenas embarcó sabía que no habría vuelta atrás, se dejó llevar con la corriente de personas que con ticket en mano se iban ubicando donde correspondiera según la numeración.
Cansada y con el corazón alborotado no tenía idea de lo que estaba a punto de suceder. Optó por un asiento reclinable, sin fijarse que estaría ubicada en la derecha, cerca de la proa del barco; se acomodó y abrió el libro para tratar de distraer la mente con unas pocas letras, pero el sueño venció y en cuestión de minutos estaba quién sabe en qué inconsciente delirio.
La batalla empezó apenas se cruzaron los dos en la mar cerrada, ignorando cualquier curso, cualquier timón, cualquier fuerza. Ella despertó mareada, confundida y sin entender lo que sucedía, cerró los ojos nuevamente para intentar disuadir el mareo, pero el barco la estaba sacudiendo tan fuerte que no había posibilidad de quedar en ancla. Agarró sus cosas y salió de la sala de reclinables, se refundió en el baño donde alguna señora le decía que fuera a la mitad del barco, ahí no habría tanto movimiento como el que estaba sintiendo.
Pensó que estando en la mitad del barco y respirar la ayudaría a recuperar un poco su equilibrio, y estando en cubierta fue cuando descubrió lo que se venía. Quedó pálida, su color fue cambiando como un dibujo animado, sus brazos cedieron a la gravedad y tenía esa expresión de terror en la cara. Por su lado izquierdo, estaba su bien conocido Pacífico, firme y con esa actitud ofensiva que solamente habría causado terror a cualquier adversario, pero por el otro lado estaba un mar pequeño que venía con toda la fuerza de sus corrientes y resguardado por otros océanos tan gigantes como su oponente, estaba dando la pelea y no se iría derrotado sin tener el corazón de la niña.
Ella ya lo había visto en uno de sus sueños, pero solo hasta este momento lo interpretó; sabía que estaba en disputa, sabía que su gigante no la dejaría ir fácilmente. Se agarró de la baranda e intentó internalizarse en la batalla, pero la adrenalina que movía a estos dos era tal que no conseguía apaciguarlos. Estaba sola en altamar en medio de una batalla, la desesperación y las ganas de gritar empezaron a asfixiarla mientras era sacudida por las fuertes olas provocadas por los ataques. Intentó contar hasta diez para recuperar aliento y levantarse, pero solo conseguía ser empujada nuevamente golpeándose entre barandas y chimeneas. Logró incorporarse y corrió, sabía cómo calmar esta guerra, sabía que no había otra opción. La sangre de la herida que se hizo en la frente era peinada por el viento y mezclada con lágrimas cuando se acercaba hacia la proa, una vez ahí miró el horror que había causado, gritó con todo el aire que sus pulmones tenían, gritó y la voz le rompía las cuerdas vocales, gritó y su corazón parecía ahogarse, pero su grito se perdió en la tormenta, se cruzó entre viento y nubes… abrió sus brazos y saltó, se entregó a la batalla.
Los gigantes cedieron y con calma se fueron alejando el uno del otro, la guerra terminó, el cuerpo de la niña se hundió y su corazón dejó de latir perdiéndose entre turbinas y olas para siempre.